lunes, 24 de agosto de 2015

Familia Prader-Willi




Uno no elige la familia donde nace.
Tampoco las circunstancias con las que tiene que convivir al nacer.
Pero la familia es y será durante toda tu vida un apoyo, un vínculo que te caracteriza y arraiga. O puede que no.
Con el tiempo uno puede hacer más familias. Familias que sí eliges tú. Amigos que son como hermanos, personas que son como segundos padres.
La necesidad hace que necesitemos apoyo. Nunca como en los malos momentos se afianzan los lazos de amistad, una amistad a toda prueba forjada en la necesidad común, en la solidaridad mutua.
Tener un familiar con una enfermedad rara te sitúa en un círculo propio donde solo otras personas en tu misma situación llegan a poder entender por lo que estás pasando. Es lógico y saludable buscar apoyo y fuerza entre los miembros de esa nueva familia que lo es por afinidad.
Toda la desatención, toda la incomprensión de esta Sociedad con el diferente mina el ánimo del más templado. Esa lucha sin fin de los familiares por ser atendidos, no mejor, si no igual que cualquier ciudadano, chocándose una y otra vez con la cortedad de miras, la poca inteligencia, el rechazo, la desidia y la intolerancia hacia lo que le es ajeno al común de los ciudadanos, es una lucha titánica donde solo pueden aspirar a levantarte una y otra vez ante el muro de hipocresía y desconocimiento total al que se enfrentan.
Este sábado pasado, 22 de agosto de 2015. Yo he tenido la suerte de compartir el día con padres y madres de niños con Prader-Willi. Gente de diferentes ciudades. Todos con las mismas necesidades y aspiraciones. Que sus hijos vivan lo mejor posible, con normalidad, sabiendo que tienen un síndrome que hace todo diferente pero asumiendo el reto de lograr que sea lo menos diferente posible.
Mismas quejas, mismos problemas. Misma incomprensión. Mismas piedras en el camino. Mucha necesidad de apoyo y respiro.
Y lo encuentran entre los iguales, entre los que tienen la misma necesidad, los que ya han pasado por lo mismo abriendo camino, con los mismos problemas y buscando las mismas soluciones.
Ellos son fuertes porque no les queda más remedio que serlo. 

Como alguien dijo: “que la vida no te mande todo lo que puedes soportar”.
Ellos tienen que soportar muchos más que la mayoría. Los afortunados, los que somos “normales” y que no valoramos la suerte de serlo, nos permitimos hacer que esta gente se sienta distinta, con menos derechos aunque jamás lo diremos porque es políticamente incorrecto. Poniendoles problemas, excluyéndoles a ellos y a sus hijos por diferentes, porque su problema no es nuestro problema…..hasta que lo es.
Todos los afectados por el síndrome de Prader-Willi forman un familia. Una familia más amplia que la parental pero igual de unida y necesaria. Ver a los niños jugar entre ellos como lo hacen los demás niños te hace ver que eso es normalidad.
Yo he tenido la suerte de poder pasar una jornada con esa familia. Todo el mundo debería pasar un día “en sus zapatos” para entender, para aprender, para avergonzarnos de las tonterías de las que nos quejamos, para valorar cada minuto como un regalo y cada sonrisa como un motivo para vivir.
Yo quiero merecer el honor de llegar a pertenecer a esa familia.
Por desgracia, mucha gente que debería tener la misma aspiración nunca lo merecerán, y lo peor es que nunca serán conscientes de ello. Que pena de gente. No saben lo que es pertenecer a esa gran  familia.

viernes, 7 de agosto de 2015

¿Cuánto vales?

Hoy les quiero contar un cuento a todos los familiares de personas con enfermedades raras que tienen que hacerse cargo de ella todos los días de su vida.
No es un cuento inventado por mí. Es muy antiguo y sabio. Leanlo y piensen. Recuerdenlo cuando crean que no valen.


"Un día un sabio maestro recibió la visita de un joven que se dirigió a él para pedirle consejo:

— Vengo, maestro, porque me siento tan poca cosa que no tengo fuerzas para hacer nada. Siento que no sirvo, que no hago nada bien, que soy torpe y bastante débil. ¿Cómo puedo mejorar? ¿Qué puedo hacer para que me valoren más?

El maestro sin mirarlo, le dijo:

— Cuánto lo siento muchacho, no puedo ayudarte, debo resolver primero mi propio problema. Quizás después... y haciendo una pausa agregó: — si quisieras ayudarme tú a mí, yo podría resolver este problema con más rapidez y después tal vez te pueda ayudar.
— Eh... encantado, maestro— titubeó el joven, pero sintió que otra vez era desvalorizado y sus necesidades postergadas.

—Bien— asintió el maestro. Se quitó un anillo que llevaba en el dedo pequeño y al dárselo al muchacho, agregó:

— Ve al mercado del pueblo por mí, hoy hay Rastro. Debo vender este anillo porque tengo que pagar una deuda. Es necesario que obtengas por él la mayor suma posible, pero no aceptes menos de una moneda de oro. Ve y regresa con esa moneda lo más rápido que puedas. El joven tomó el anillo y partió. 
Apenas llegó, empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes, quienes lo miraban con algún interés.

Pero les bastaba el escuchar el precio del anillo; cuando el joven mencionaba la moneda de oro, algunos reían, otros le daban vuelta la cara y solo un viejito fue tan amable como para tomarse la molestia de explicarle que una moneda de oro era muy valiosa para entregarla a cambio de un anillo. Alguien le ofreció una moneda de plata y un cacharro de cobre, pero el joven tenía instrucciones de no aceptar menos de una moneda de oro y rechazó la oferta.

¡Cuánto hubiera deseado el joven tener esa moneda de oro! Podría entonces habérsela entregado él mismo al maestro para liberarlo de su preocupación y recibir entonces su consejo y ayuda. 
Triste, volvió a donde el maestro se encontraba:

— Maestro -dijo- lo siento, no se puede conseguir lo que me pediste. Quizás pudiera obtener dos o tres monedas de plata, pero no creo que yo pueda engañar a nadie respecto del verdadero valor del anillo.
— Qué importante lo que has dicho, joven amigo —contestó sonriente el maestro—. Debemos saber primero el verdadero valor del anillo. Vete al joyero. ¿Quién mejor que él para saberlo? Dile que quisieras vender el anillo y pregúntale cuanto te da por él. Pero no importa lo que ofrezca, no se lo vendas. Vuelve aquí con mi anillo. El joven fue a visitar al experto joyero.
Éste examinó el anillo a la luz del candil con su lupa, lo pesó y luego le dijo:

— Dile al maestro, muchacho, que si lo quiere vender ya, no puedo darle más que 58 monedas de oro por su anillo.
— ¡¡¡¡¡¡58 MONEDAS!!!!! — exclamó el joven.
— Sí, -replicó el joyero— yo sé que con tiempo podríamos obtener por él cerca de 70 monedas, pero no sé... si la venta es urgente...

El joven corrió emocionado a la casa del maestro a contarle lo sucedido.
— Siéntate —dijo el maestro después de escucharlo— Tú eres como este anillo: Una joya, valiosa y única. Y como tal, sólo puede evaluarte verdaderamente un experto."

Recordad vuestro valor. Es incalculable para esa persona que depende de vosotros y para todo el que sepa lo que realmente significa lo que haceis.
Lo que sale de dentro no tiene límite y vuestro valor es pues ilimitado. Viene de un constante esfuerzo y de un constante desgaste y eso os hacer increiblemente valiosos.